Categoría: Artículos

Mea culpa

Mea culpa

Hace ocho años muchos pensamos que el país debía cambiar el rumbo de forma drástica para enfilar hacia un destino cierto de igualdad, justicia social, desarrollo humano y libertad. El Ecuador del último lustro del siglo XX y el primero del XXI había sido en realidad un remedo de nación con resquicios feudales, folclorismo, populismo, confiscaciones, inestabilidad y desgobiernos. Al final nos colmaron la paciencia.

Hoy vemos con preocupación que aquel destino loable se nos extravió por completo y nos desviamos peligrosamente por un cauce turbulento en el que seguimos a ciegas a un grupo de neo marxistas delirantes (chavistas y orteguistas), que a su vez perseguían a otro grupo de revolucionarios pedigüeños que encallaron hace rato en aguas del caribe, y a estas alturas ya levantaron las manos pidiendo ser rescatados.

Este mea culpa tardío no tiene que ver solamente con los nuevos proyectos de ley que se cuecen en el legislativo, que no son sino los estragos finales del chuchaqui que nos produjo la reciente orgía económica y política, sino con un  principio básico de convivencia humana: el respeto por los derechos de los demás.

La nueva ley de herencia no me afecta en lo personal, pues llegado el momento heredaré quizá unos cuantos libros que, de terminar en manos ajenas, ayudarán a alguien a salir de su ignorancia. Pero no se trata, como repiten algunos pregoneros, de que ‘las nuevas leyes solo afectan a los ricos’, de que ‘los pobres no pagarán nunca el impuesto a la herencia’. Se trata de no afectar a nadie en su patrimonio personal (en su derecho legítimo de propiedad) cuando éste se ha conseguido de forma lícita, pagando impuestos y sueldos justos, ofreciendo trabajo a los demás y contribuyendo así con el país. Se trata de dar a las personas un mensaje de confianza en su capacidad para salir adelante en base al sacrificio y al trabajo, alertándole que sus oportunidades serán aún mayores si es que terminan sus estudios y obtienen un título. Se trata de enseñar a nuestros hijos que la prosperidad se alcanza con el sudor de la frente, con inteligencia, dedicación y solidaridad, pero no regalando limosnas sino ofreciendo oportunidades.

Para distribuir riqueza es necesario multiplicar los actores productivos, no restarlos. Esa distribución se hace efectiva a través de los impuestos, salarios justos (que en estos ocho años han alcanzado un nivel digno ciertamente) y utilidades (si es que no se hubiera puesto un techo injusto al 15%, por ejemplo).

No se trata de satanizar el pasado sino de construir el presente proyectándonos hacia un futuro de bienestar social. En nuestro destino común no estaban las restricciones, la intolerancia, la confrontación ni la escisión; sí estaba el progreso y la paz, la justicia, la igualdad de derechos y oportunidades con libertad.

No se trata de botar a nadie, se trata de reflexionar, enmendar cuando sea necesario, hacer todos un mea culpa, enderezar el rumbo y votar cuando corresponda.

on Mea culpaLEER MÁS
Los marginados

Los marginados

El mes de diciembre, de rostro tan luminoso y festivo, tiene una contracara  menos agradable, la de los marginados que afloran en estos tiempos buscando limosnas con el pretexto de la navidad.

La presencia abrumadora de niños y adultos que piden caridad en las calles (en realidad piden la “navidad”, una forma muy andina de mendigar), es parte de la paradójica y triste escenografía de todos los diciembres. El hecho de que nuestros sentidos se reaviven respecto de ellos, de su visibilidad repentina, no se debe tanto a los sentimientos más encomiables que llevamos dentro, como la compasión y la generosidad, sino a la confirmación cierta de que en estos días los marginados nos intimidan y nos apabullan. Mucha gente se molesta con ellos, especialmente los que salen de los almacenes cargados de paquetes y deudas y ya no les alcanza su capacidad para saciar el hambre del que extiende su mano sucia de modo impertinente mientras guardan sus regalos. También es cierto que para otra gente, diciembre despierta sentimientos positivos y, de algún modo, se comparte algo de lo que se tiene con los que menos tienen.

Pero también hay otros grupos humanos que son parte de esos seres marginados, aunque no sean del todo visibles ni siquiera en esta época del año. Creemos -de forma equivocada-, que los excluídos de la sociedad son exclusivamente aquellos que duermen debajo de los puentes recogidos entre cartones, los que se guardan de la lluvia o del frío nocturno en los portales o los que deambulan extraviados en las calles sin un hogar. Y no nos damos cuenta de que hay otras personas que necesitan de nosotros, de nuestro apoyo, de nuestro cariño, y no necesariamente de nuestro dinero ni tampoco alguna de aquellas cosas que nos sobran.  

En ocasiones no nos enteramos de que hay alguien muy cercano que no pudo ir a la escuela pero que tiene ganas de aprender; alguien que espera una oportunidad para demostrarnos que sí puede hacerlo; alguien al que le daríamos la mayor alegría del día ofreciéndole una sonrisa o un abrazo; alguien que se sentiría mejor si le devolviéramos el saludo desde las alturas; alguien que esperaría ser tratado igual que los demás aunque se vea diferente o piense distinto…

Tendemos a pensar -también de forma equivocada-, que en esta época del año nos “toca” hacer una buena obra para cerrar en números azules el balance vital, para que el universo nos devuelva las mismas energías con las que clausuramos el ciclo, pero durante el resto del tiempo no somos capaces de devolverles la dignidad a los que la perdieron por nuestra culpa o por cuestiones ajenas a nosotros. No somos capaces de ayudar a recuperar la dignidad a los que no la conservan porque siempre han vivido aplastados. No somos capaces de auxiliar a los que nunca tuvieron dignidad porque han sido permanentemente humillados. No tenemos la capacidad de asistir a ninguno de ellos porque todos, de un modo u otro, somos cómplices  de su marginación.

on Los marginadosLEER MÁS
Los intocables

Los intocables

Se dice por ahí que el poder envilece a las personas. En la mayoría de los casos esto es verdad, pero además de envilecer, el poder atonta, marea y enceguece. Por algo las cumbres muy altas le sientan mal a casi todo el mundo.

La historia recoge infinidad de ejemplos con personajes que, resguardados en su blindaje de apariencia inviolable, casi divina, se creyeron intocables incluso en el instante preciso en que se produjeron sus estrepitosas caídas. Durante los últimos días hemos sido testigos del hundimiento de la todopoderosa FIFA, esa entidad multimillonaria y supranacional que pretendía situarse por encima del orden terrenal como si su sede no estuviera asentada en Zurich sino en la luna.  

La cantaleta aquella de que ni la justicia ordinaria ni los los gobiernos podían interferir en los asuntos de la FIFA se derrumbó por completo aquel histórico día en que se apresó y se dictó órdenes de captura contra un equipo internacional de barrigones que jamás patearon un balón, pero que se enriquecieron de forma obscena a costa de los verdaderos actores del fútbol.

Imagino que el cataclismo de la FIFA habrá puesto nerviosos no solo a los vinculados con el fútbol sino también a unos cuantos personajes que, desde sus distintos feudos de poder, han amasado fortunas ilegítimas en perjuicio directo de sus gobernados, de sus seguidores, de sus fieles o de sus pueblos. Imagino que muchos de esos poderosos estarán preguntándose este mismo instante si es que sus cuentas cifradas son en realidad tan seguras como les habían prometido, si los paraísos fiscales serán en efecto paraísos o se convertirán en el futuro en sus infiernos personales.

Imagino que en estos momentos habrá hordas enteras de corruptos urdiendo planes y trazando estrategias para borrar todas las huellas que su idiotez y su soberbia dejaron en los distintos escenarios financieros. Imagino a algunos seres sudando como si estuvieran encerrados en un sauna día y noche, ordenando a sus acólitos con un resto de aires soberanos que quemen lo que se deba quemar, que entierren lo que se pueda enterrar, que se traguen -de ser necesario- lo que se tengan que tragar. Imagino muchos rostros demudados, perplejos, mirando en una pantalla como caen poco a poco los dioses del fútbol mundial, esos que jamás podían caer porque vivían en el Olimpo, allí donde no hay canchas de fútbol sino empresas fantasmas y bóvedas repletas de billetes.

Imagino a varios gobernantes, líderes, adláteres, compinches, compañeros, sumisos, fieles y más congéneres desvelados, dando vueltas en la cama, aterrorizados imaginando que a la tal Lynch, esa que quiere parecerse a Eliot Ness y su grupo de intocables (esos sí fueron los verdaderos intocables), se le pudiera ocurrir investigar no solo a los corruptos de la FIFA y sus oscuros entramados, sino a otros seres poderosos que, en el proceso de acumulación de fortunas ilegítimas, siempre han dejado algún hilo suelto del que un fiscal acucioso podría tirar.

on Los intocablesLEER MÁS
Listas de autores y libros prohibidos

Listas de autores y libros prohibidos

Hace pocas semanas se conmemoró un aniversario más de la quema de libros realizada por los nazis en 1933, en la ciudad de Hambugo. Este hecho que marcó el inicio de la censura pública del régimen de Hitler, fue protagonizado por un grupo de estudiantes que llevó a la hoguera miles de libros de autores “indeseables” para los nazis tales como: Bertolt Brecht, Sigmundo Freud, Jack London, Karl Marx, entre otros.

Pocos años más tarde, la censura impuesta por el dictador Francisco Franco se encargó de eliminar de la lista de libros “autorizados” para la lectura de los españoles a las obras de Miguel Hernández, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, entre los más representativos.

En la década de los años setenta y principios de los ochenta, la dictadura militar encabezada por el temible Jorge Rafael Videla, que afortunadamente ha sido apartado de este mundo por un venturoso aunque tardío paro cardiaco, elaboró una larga lista de publicaciones y escritores sacados de circulación por la vía del decreto del Poder Ejecutivo. Allí figuraban por ejemplo Mario Benedetti, Manuel Puig, Mario Vargas Llosa, Eduardo Galeano y un largo etcétera.

De igual modo, durante varios siglos, el Vaticano publicó el “índice de libros prohibidos bajo pena de excomunión”, otra extensa lista de obras y autores perniciosos para la fe cristiana. Allí se encontraban autores como Descartes, Copernico, Montesquieu, Zola, Balzac, Victor Hugo, entre muchos.

En el Islam, donde tiene vigencia todavía la policía religiosa, se han prohibido miles de obras y escritores supuestamente contrarios a su fe, e incluso pesa aún una condena a muerte sobre el indio-británico Salman Rushdie por sus Versos Satánicos.

El régimen cubano, bajo el lema ”dentro de la Revolución todo, fuera de la revolución nada”, ha censurado a cientos de autores locales y extranjeros entre los que destacan: Octavio Paz, Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante o Albert Camus. Y también en los Estados Unidos se ha vetado abiertamente las obras de los escritores cubanos residentes en la isla, además de las históricas y repudiables prohibiciones norteamericanas de libros y autores por taras religiosas, sexuales o políticas. Así se censuró alguna vez a Ray Bradbury, Henry Miller, George Orwell o James Joyce.

Por último, en el régimen totalitario de China, la censura ha alcanzado prácticamente toda la historia antigua y contemporánea del gigante asiático. Para burlarla, los ciudadanos ávidos por conocer sus raíces deben acudir a ciertas librerías de Hong Kong especializadas en libros prohibidos por el gobierno. Sobra mencionar que estas tiendas han tenido un gran éxito de ventas.

Las listas de autores censurados no acabarán nunca, pues los libros son la herramienta más poderosa para alcanzar el conocimiento y la verdad, dos enemigos fundamentales de los totalitarismos.  

on Listas de autores y libros prohibidosLEER MÁS
La vida de los otros

La vida de los otros

En el año 2006 se estrenó ‘La vida de los otros’, la impactante película del guionista y director alemán Florian Henckel von Donnersmark, que ese mismo año recibió un Oscar en la categoría a la mejor película extranjera.  La trama de este largometraje se centra en el obsesivo espionaje de la Stasi, la policía secreta de la República Democrática Alemana, a los ciudadanos del lado oriental del muro, en especial a los que frecuentaban círculos políticos e intelectuales.

Más allá del desarrollo literario de la obra que conjuga el sugerente tema de los espías con sus enredos amorosos, la fuerza del argumento se concentra en las escenas de escuchas y en las implantaciones de cables y micrófonos en cada uno de los espacios más íntimos de la vida de los ciudadanos, y, por supuesto, en la sensación de desconfianza y miedo que tenía la población por sus gobernantes. De esta forma el totalitarismo que estaba al mando de la RDA mantenía “bajo control” tanto a fieles como a opositores, y ante cualquier dislate o sospecha actuaba de forma inmediata con la aprehensión, encarcelamiento y desaparición del presunto infractor.

El espionaje entre Estados ha generado infinidad de opiniones, desde aquellas que lo justifican en tiempos de guerra o en la lucha contra el terrorismo y la delincuencia a gran escala, hasta quienes lo ven como una intromisión intolerable en la vida privada del ser humano. Tras las bochornosas revelaciones de Wikyleaks del espionaje recurrente que realizan los gobiernos entre sí (incluso contra sus aliados políticos), se destapó el gigantesco depósito de aguas negras que esconden toda la inmundicia excretada por esta oscura actividad desarrollada en gran parte por los servicios de inteligencia de los Estados.  

Las perversas interferencias tecnológicas que vemos en la película, hoy son solo juegos de niños frente al hecho cierto e incontrovertible de que los modernos computadores personales (laptops, tabletas y teléfonos celulares), se han convertido en una extensión casi inseparable del ser humano, y esto, junto con las ventajas y desventajas que nos acarrea esto en la vida cotidiana, nos ha expuesto aún más al denominado espionaje electrónico indiscriminado, es decir aquel que se realiza contra los ciudadanos de un Estado.

Tras las última revelaciones de los hackers que habrían vulnerado los sistemas de una empresa especializada en espionaje electrónico (hackers también) y que tendría vinculación contractual con varios países en el mundo, incluído el nuestro, vale la pena preguntarse si en democracia y bajo el amparo y la tutela efectiva de los derechos fundamentales del ser humano ¿un Estado podría espiar impunemente a sus ciudadanos? Por supuesto que no, ningún tipo de paranoia gubernamental justificaría la intromisión en la vida de los otros sin mediar una orden judicial previa, pues en caso contrario se habría incurrido en un grave delito contra el derecho esencial a la intimidad de las personas.

on La vida de los otrosLEER MÁS
La resistencia

La resistencia

En una de sus últimas obras, Ernesto Sábato decía: “Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos”. Este es el inicio de una larga carta reflexiva a la que el escritor y filósofo argentino tituló ‘La Resistencia’. Con esas palabras llenas de sabiduría, plasmadas en el papel con el sosiego que confiere la edad y con la soltura de quien siente cercana a la muerte, Sábato invita al ser humano a resistir, a rebelarse contra el vértigo de esta sociedad cada vez más deshumanizada en la que la meta parece ser la conquista, y el poder se ha convertido solamente en una forma de apropiación.

La resistencia no solo es un derecho innato del ser humano, sino además uno de sus deberes primordiales. Nadie puede arrebatarnos el derecho connatural de pensar distinto a los demás, de tomar opciones diferentes, de escoger el camino y decidir nuestro destino en el ejercicio pleno de la libertad. Nadie puede restringir o menoscabar, peor aún eliminar por decreto el derecho propio de cada hombre a gozar de su libertad respetando el espacio de los demás. La humanidad se habría extinguido hace miles de años si en sus inicios algún iluminado hubiera decidido imponer solamente la fuerza de su razón ante cualquier intento de oposición.  

La vida, desde el primer segundo, se convierte en un ejercicio constante de resistencia. El instinto de conservación es parte de este complejo engranaje de defensa con el que nacemos todos los seres humanos. La protección de nosotros mismos y de los que nos rodean es una obligación de la que no podemos desligarnos con facilidad a menos que nos encontremos en un pozo tan profundo de depresión, locura o inconsciencia, que nos hayamos escindido de nuestra verdadera naturaleza o que alguien nos la haya arrebatado con cadenas o leyes injustas. La obsecuencia y la sumisión son, de algún modo, formas de renuncia voluntaria a la posibilidad de pensar, reflexionar, disentir, resistir…

En lo político la resistencia es equivalente a la desobediencia civil, esto es, el conjunto de acciones del pueblo que desacata las órdenes de los gobernantes tiránicos, inmorales o ilegítimos cuando sus actos no se enmarcan en la justicia o vulneran los derechos fundamentales del ser humano.

Las sociedades que no se rebelan a tiempo ante los abusos de poder de sus gobernantes, pagan su subordinación con atraso, estancamiento y la pérdida irreparable de varias generaciones.

Concluye Sábato en ‘La Resistencia’: “Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que –únicamente- los valores del espíritu nos puedan salvar de este terremoto que amenaza la condición humana”.

El dispositivo que activa nuestro mecanismo de defensa, de resistencia, es parte esencial del espíritu, por eso nadie ha podido ni podrá jamás anularlo o extinguirlo al mismo tiempo en todos los miembros de la sociedad.

on La resistenciaLEER MÁS
La niña del tren

La niña del tren

La guerra civil española marcó al abuelo Juan para siempre. Desde su regreso a Madrid en 1943 hasta su muerte en 1988 fue un hombre prudente e incluso demasiado reservado cuando se tocaba en casa el tema de la guerra civil, un tema del que aún hoy se sigue hablando a diario en esa España que, más de tres cuartos de siglo después, no permite que las heridas cicatricen.

Por esa reserva que el abuelo mantuvo como una promesa de vida, la historia de la niña del tren nunca fue aclarada totalmente. De allí que los hechos resulten nebulosos y la niña que siempre se pensó era Julia (que al parecer tampoco era tan niña como suponíamos pues a su muerte habría tenido catorce o quince años), fue probablemente la pequeña Encarnación, la última de los hermanos.

Lo que sí recuerdan con claridad los hijos del abuelo Juan es que en los paseos familiares, cuando atravesaban la zona de Torrelodones, él solía decir en voz baja, quizá hablando consigo mismo, que en algún lugar de esos campos áridos estaba enterrada una hermana suya. Y, aunque resulte extraño decirlo, al final no era tan importante saber el nombre de la niña o de la jovencita que murió en brazos de su madre, pues aquella madre a la que obligaron a bajar del tren con el cadáver de su hija ya había sufrido poco tiempo antes la tragedia de perder a su primera hija, Julia, en circunstancias tampoco esclarecidas en la familia. De modo que el episodio de Torrelodones simplemente acabó con el resto de cordura que le quedaba a la madre. Esto lo digo de forma literal pues, Encarnación, a poco de haber llegado a Madrid, en medio de la miseria y el desconcierto que reinaba en el país al finalizar la guerra, se extravió mentalmente en la búsqueda frenética de sus dos hijas fallecidas y, días después, apareció muerta también en un sótano anegado de agua en un edificio vacío del centro de la ciudad. Nunca quedó claro tampoco si cayó por un accidente en aquel sótano o se suicidó por el asedio al que le sometían el dolor y sus delirios.

Asumo que el reencuentro del abuelo con su padre y su hermana en el Madrid de la posguerra debe haber sido un suceso feliz en medio de tanta tristeza. La vida siempre es motivo de celebración incluso en los momentos más desgraciados. Por eso los imagino fundidos en un abrazo, sonriendo o llorando de alegría a pesar del abatimiento y la desolación que los envolvía. Al final los tres estaban vivos y debían seguir adelante. Y, en efecto, todos hicieron su camino durante los años que les quedó de vida y a cada uno el destino le deparó muchos momentos de felicidad. De hecho los recuerdos del abuelo Juan y de la tía Emilia (no del padre, Julio, pues los de esta generación no lo conocimos) son tan alegres y apacibles que nunca sospechamos que sus vidas habían sido marcadas por sombras tan siniestras.

Es probable que esta haya sido la historia de la niña del tren, también la de su hermana y la de su madre, una historia deshecha por la atrocidad de la guerra.

on La niña del trenLEER MÁS
La niña del tren (I)

La niña del tren (I)

El poder destructor de la guerra es tan grande que puede arrasar con todo lo que existe a su paso sin dejar apenas vestigios de lo que allí aconteció. La humanidad jamás será capaz de recuperar la historia completa de aquellos pueblos que fueron asolados por un conflicto bélico, así como en ocasiones ni siquiera las familias consiguen rearmar totalmente su propia historia o conocer a sus familiares más cercanos.

Esta historia de la niña del tren fue armada a retazos a partir de ciertas fotografías, anécdotas de familia y frases aisladas que varias personas rescataron de su memoria a través de comentarios que el abuelo dejaba sueltos, menciones de alguna tía, referencias de parientes lejanos, nombres y edades algo confusas, lugares específicos en los que la niña del tren habría sido enterrada…

El hecho sucedió al parecer en 1939, pocas semanas antes de que la guerra civil española terminara oficialmente. Un diario (y más tarde también alguna obra narrativa) recogió la historia de una mujer que fue obligada a bajar de un tren en Torrelodones, a treinta kilómetros de Madrid, cuando los compañeros del departamento en que viajaban se dieron cuenta, por las uñas amoratadas de los dedos de las manos, que la hija que llevaba en brazos cubierta con una manta estaba muerta. Los relatores (no es probable que fueran la misma persona) contaban que la madre estaba consciente del fallecimiento de la niña durante el viaje y soportó el dolor tratando de ocultarla para llegar a Madrid donde residía su familia. La crónica acompañaba una fotografía (que no ha sido posible recuperar) en la que se veía aquel tren maltrecho alejándose, mientras en primer plano quedaba la mujer con su hija muerta en brazos y una niña más pequeña que se aferraba tiernamente a sus faldas.

Durante años la familia pensó que la niña muerta en el tren se llamaba Julia, sin embargo, en unas fotografías descubiertas recientemente aparece la madre, Encarnación, acompañada de sus cuatro hijos (no se sabía hasta ese momento de la existencia de la última niña). Sus nombres eran Julia, Juan, Emilia y una pequeña que se llamó Encarnación como su madre y que habría nacido en 1924.  Lo revelador de este hallazgo fue que Julia, la hermana mayor, según la fecha que consta en la fotografía nació en 1911, y, en consecuencia, al finalizar la guerra civil española habría tenido 28 años. Por tanto, no podía ser ella la niña del tren.

Juan, el único hijo varón de Encarnación, combatió durante la guerra en el ejército republicano. Tras la derrota, debió pasar nueve meses en un campo de concentración. Más tarde el gobierno de Franco decidió que aquellos que habían combatido por la República y no tenían responsabilidades políticas fueran purgados con tres años de servicio militar. Entre 1940 y 1943, Juan cumplió con el servicio. Al volver a Madrid en 1943 se enteraría (aunque es probable que ya lo supiera), que, tras la guerra, sólo sobrevivían su padre y su hermana Emilia…  

 

on La niña del tren (I)LEER MÁS
La felicidad

La felicidad

La felicidad está siempre en equilibrio. En ocasiones conseguimos retenerla durante unos segundos, minutos, horas quizá, y de pronto se nos escapa otra vez como un ave que ha encontrado abierta la puerta de su jaula.

Nos obsesionamos con alcanzar la felicidad, pero ésta, esquiva y casi siempre efímera, se nos escurre entre las manos cuando creemos que la hemos atrapado. Entonces nos sumimos en una vorágine de problemas y preocupaciones sin descansar hasta encontrarla, aunque ella, intrincada y vaporosa, se nos vuelve a escapar.

Y es que la felicidad es un estado de ánimo asociado normalmente con manifestaciones exteriores como la posesión de bienes y dinero, o la consecución de metas u objetivos. La gran mayoría de los seres humanos, especialmente los que vivimos en esta época desenfrenada, dejamos pasar las incontables oportunidades que nos ofrece la vida para encontrar esa felicidad en lo simple y de apariencia imperceptible, y no en la abundancia material, común denominador del consumismo.

En efecto, la felicidad es un estado del alma, y en consecuencia, podemos encontrarla prácticamente en todas las manifestaciones humanas. Para unos siempre seguirá apareciendo entre las cifras de una jugosa cuenta bancaria, para otros se manifestará en el ejercicio del poder. Para unos tomará la forma del lujo y la ostentación, para otros, en cambio, traslucirá sus encantos en el sometimiento y la humillación de los demás. Para unos se ocultará entre los pliegues húmedos de un encuentro sexual, para otros brotará natural entre los efluvios del amor verdadero.  Unos la hallarán en los manjares más suculentos, otros en el hambre o la sed momentáneamente aplacadas. Para algunos emergerá de forma natural en la contemplación silenciosa del mar o en la melodía plácida de los bosques o en la extenuante coronación de una montaña, otros, por su lado, sólo la descubrirán en una bodega repleta de madera recién talada o en la parcelación y venta de lo que fue una montaña. Unos la sentirán en el pecho al gritar un gol, al expeler el humo por la boca o al escuchar una melodía, otros la verán surgir de una pintura, de un boceto o de una piedra gris y fría. Varios se extasiarán con ella al verse atrapados entre las páginas de un libro, otros la mirarán en la pantalla de un cine o entre las imágenes brillantes de un computador. Algunos sabrán identificarla en un rostro amable, en la risa de un niño, en un beso cálido, en el olor mágico de un bebé, en un gesto cordial, pero otros, por su parte, no notarán jamás aquellos detalles. Algún sabio sabrá encontrarla en la derrota, otros, ignorantes, creerán que es suya en la victoria.

La felicidad está siempre en equilibro, oscilando entre lo cotidiano y lo que de verdad importa. El éxito está entonces en descubrir esas pequeñas cosas, atesorarlas y repetirlas hasta que la vida nos diga basta.

on La felicidadLEER MÁS
La banalidad del mal

La banalidad del mal

La filósofa y periodista judía Hannah Arendt, nacida en Alemania en 1906 y nacionalizada estadounidense en 1951, fue la creadora de la frase “La banalidad del mal”, utilizada en su libro titulado “Eichmann en Jerusalem”, en el que  trata no solo sobre el juicio realizado a Adolf Eichmann en Israel, 1961, sino también el perfil psicológico y humano del Teniente Coronel de las SS Nazi,  acusado y juzgado por crímenes contra la humanidad en el nombre del regimen nacional socialista y de su lider Adolfo Hitler.

Durante el transcurso del juicio, actuando como corresponsal de la revista The New Yorker, Arendt concluyó que Eichmann no presentaba características antisemitas ni los rasgos propios de una persona retorcida o mentalmente afectada. La autora abrió la polémica entonces manifestando que Eichmann actuó por sumisión a la autoridad y por un deseo de ascenso y superación profesional. De hecho concluyó en su obra que el renombrado criminal era un simple burócrata que cumplía órdenes sin reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. El alcance del polémico concepto “La banalidad del mal”, recaía para la autora en el hecho de que Eichmann era sin duda culpable de los hechos atroces que se le atribuían, pero que no se trataba de un monstruo sino de un hombre irreflexivo y, en consecuencia, obsecuente seguidor de un sistema con objetivos criminales.

Con el paso del tiempo, los distintos regímenes totalitarios han demostrado estar marcados por el estigma de “la banalidad del mal”. Los patrones de comportamiento muestran cíclicamente a ese lider o líderes magnéticos, brillantes, ambiciosos y vanidosos, que envuelven a sus seguidores con retóricas patrióticas y revolucionarias orientadas casi siempre hacia finalidades personalistas de tintes perversos, pero empaquetadas con las vistosas envolturas de la redención social, económica y política. Y, por supuesto, en el patrón se repiten también los adoradores de esos líderes, seres normalmente limitados y obedientes, capaces de cumplir órdenes y ejecutar acciones que, prescindiendo de aquel jerarca y sus doctrinas, jamás estarían dispuestos a ejecutar.

Los Eichmann del futuro fueron en el pasado de los totalitarismos, y son en el presente de todos esos regímenes aquellos funcionarios sumisos, aplaudidores consuetudinarios, levantadores autómatas de manos, fervorosos coreadores de himnos, carceleros de opositores o insultadores ordinarios, que por temor reverencial o por su propia ignorancia fueron capaces de superar sus límites éticos y morales en el nombre del lider. Y serán también los que al final de los tiempos de gloria, en la desbandada, comprenderán finalmente la verdadera dimensión de sus acciones, y entonces lo hegarán todo tres veces, aunque sea demasiado tarde.

on La banalidad del malLEER MÁS