Cuando empiezo a escribir esta crónica apenas han pasado unos cuantos
minutos desde que terminé una llamada telefónica con Nelson Serrano, a través
de un nuevo sistema de contacto con los detenidos en el corredor de la muerte
en la prisión de Union Correctional Institution, ubicada en Raiford, Florida.
La conversación fue escueta y enigmática. Nelson tan solo me saludó y dijo que,
sin previo aviso ni explicación alguna, como se suelen hacer las cosas en ese
lugar, le habían cambiado de su celda para discapacitado a una “celda común”
ubicada en otro lugar del pabellón. En principio no me llamó la atención esta
novedad, pues cada vez que estamos en contacto con él ha sucedido algo que
afecta directamente a su salud o a su tranquilidad. Si no son las píldoras del
corazón (que se las dejan de entregar), es que le han quitado la silla de ruedas y
no puede moverse, y si no es la silla entonces es la dentadura que está rota y no
se la arreglan en meses, y así, siempre…
Sin embargo, en esta ocasión el asunto estaba revestido de algún misterio
adicional pues, cuando lo soltó, Nelson dijo, sin más: “eso no es lo más grave,
por favor habla con Francisco pues él ya sabe lo que pasa y yo no puedo
explicártelo por esta vía…”. Apenas cerré el teléfono hablé con Francisco
personalmente ya que se encontraba de visita en Ecuador. Comprendí que algo
muy grave sucedía cuando vi que sus ojos se llenaron de lágrimas y su voz se
cortaba. Al recuperar el aliento, dijo: – Han amenazado con matar a mi padre-.
Se me heló la sangre y no comprendío bien lo que encerraban aquellas
palabras. -No pueden matarlo -respondí- y añadí: -Tenemos pendientes dos
recursos y todas las pruebas de su inocencia. Entonces aclaró: -Sus
compañeros de pabellón le han dicho que lo cambian de celda porque lo van a
matar adentro de la prisión. Alguien quiere asesinarlo…
En mi cabeza aparecieron de pronto, alborotadas, todas las razones que
justificarían el interés que tendrían varias personas por matar a Nelson, y
aparecieron algunos rostros, uno tras otro, fabricando pruebas falsas, alterando
la escena del crimen, montando teorías imposibles, ocultado envidencias
exculpatorias de Serrano respecto de los crímenes de Bartow; viajando a Quito
hace veintiún años para secuestrarlo, torturarlo y llevárselo sin documentos a los
Estados Unidos, y luego apareciendo en el proceso como acusadores,
juzgadores, investigadores exitosos que presuntamente habían “descubierto” el
“asesinato perfecto”, cuando en realidad lo que habían hecho era condenar a un
inocente para dejar libres a los verdaderos culpables, a los que ya conocemos
con nombres y apellidos gracias al trabajo de años de investigación de mucha
gente que nos permitió descubrir sus delitos, sus fechorías, sus fraudes
procesales, todo aquello que hoy los lleva a temer por sus carreras, por su
libertad, por sus reputaciones, por sus miserables vidas entregadas a la
corrupción.
Escribo esta crónica desde la indignación y el dolor de no poder hacer nada ante
las amenazas de muerte que ha recibido Nelson Serrano en la prisión. Pero
también escribo con la convicción de que todas las denuncias, llamadas, alertas
y voces que hemos pedido levantar en su nombre durante las últimas horas,
tendrán su resonancia en muchos lugares del mundo, especialmente entre los
que están preocupados por todas las pruebas con las que hoy contamos para
que se declare inocente a Nelson Serrano y se descubra a los verdaderos
culpables de aquellos crímenes, y también para que se develen de una vez por
todas las argucias, mañoserías, ilegalidades y delitos que se han cometido en
este caso desde diciembre de 1997.
Escribo esta crónica como una alerta para quienes estarían detrás de las
amenazas de muerte contra Nelson Serrano, para que sepan y comprendan que
este proceso solo se terminará el día en que él sea declarado inocente con base
en las pruebas que se han descubierto, y, sobre todo, para que entiendan que si
Nelson Serrano muriera de forma natural o si lo hiciera como consecuencia de
un nuevo crimen en su contra, ni su familia ni nosotros abandonaremos jamás
este caso, pues aunque tengan que pasar veinte años más, un día se hará
justicia y todos los involucrados serán descubiertos.
Oscar Vela Descalzo

