Ese día primaveral en la etapa media del invierno londinense empezaría con una
agradable caminata a lo largo de Portobello Road Market, la calle más famosa
de Nothing Hill, rodeados de antigüedades y chucherías que tientan a los
curiosos como si se tratara de los tesoros robados por viejos corsarios ingleses
cuando regresaban a tierras británicas tras aquellas largas temporadas de
bandidaje.
Y es que casi todo lo que se ofrece en ese mercado callejero son de una u otra
forma joyas apetecidas y anheladas por sus visitantes, no tanto en el sentido
económico (aunque muchas pueden valer miles de libras) sino más bien en el
sentimental y de añoranza: aparatosas cámaras fotográficas de inicios del siglo
XX, máquinas de escribir, discos de acetato, obras de arte, los primeros balones
de fútbol o de rugby, guantes de boxeo, catalejos, balanzas, vajillas, manteles,
adornos, cuberterías finas… En fin, reliquias familiares revestidas de esa pátina
invisible que invita a imaginar infinidad de escenas que las habrán visto pasar
por sus manos, que las habrán poseído o desechado, que las habrán deseado,
hurtado u ocultado por razones que posiblemente nadie descubrirá jamás.
Tras un abundante desayuno inglés y un botín exiguo de recuerdos únicos de
Portobello Market, nos dirigimos a Kensinton, un barrio elegante de calles
señoriales, embajadas, restaurantes y pubs refinados, hasta que terminamos en
el pintoresco Covent Garden, con su plaza llena de artistas callejeros, de bares
con terrazas al aire libre, con sus tiendas de moda, artesanías y su majestuosa
Royal Opera House.
Deambulamos por el West End, sin apremios, encantados por la magia de una
ciudad que ha asimilado la modernidad, pero que nunca deja ser lo que fue
siempre: elegancia, orden, señorío, cortesía, serenidad, pero también
desenfreno, pubs, cervezas, single malts, gin tonics y gente de todo el mundo,
porque el día en Londres puede ser tan flemático como sus habitantes de origen,
pero la noche es una suerte de aquelarre con reminiscencias de Wilde, Woolf u
Orwell.
Y es que resulta inevitable transitar por las calles de Londres sin evocar
deliberada o involuntariamente a Shakespeare en el Puente de Londres, a
Conan Doyle imaginando escenas y rincones para dar vida a Sherlok Holmes en
algún rincón de Winchester Walk, a Dickens siguiendo los pasos de Oliver Twist
por los callejones de la ciudad vieja, por lo habrá sido y aún es Borought Market,
la Torre de Londres, Westminster y el eterno, gris y caudaloso Támesis.
Sin embargo, en algún punto de aquella caminata, apretamos el paso porque
esa tarde habíamos hecho una cita nada más y nada menos que con Agatha
Christie, la Duquesa de la muerte, la Dama del misterio, la Reina del crimen.
Debíamos atravesar Hungerford Bridge para pasar al otro lado de la ciudad,
flanqueados por el desangelado London Eye y acudir así a las dos y treinta de la
tarde, con puntualidad inglesa, al London County Hall, en el que se ha montado
una corte inglesa que funciona desde varios años como un teatro en qle que se
representa la obra ‘Witness for the Prosecution’, novela de Agatha Chistie que
en español se tradujo como ‘Testigo de cargo’.
Así, nos encontramos en la elegante corte con una magnífica puesta en escena
de esa novela que yo no recordaba haber leído, aunque siempre pensé que en
mis años más jóvenes había devorado todas sus obras.
De modo que habíamos cumplido con uno de los objetivos de aquella visita a
Londres, visitar a Agatha Christie, a través de sus personajes y de su historia, en
una sala de audiencias en la que el juez, sus asistentes legales, el jurado, el
acusado y sus acusadores, los abogados de la defensa y el fiscal con sus
testigos de cargo, resolvieron en un par de horas un singular caso criminal que,
como casi siempre me sucedía con sus obras, tenía un giro imprevisto que hacía
casi imposible anticipar quién fue el verdadero asesino.
Oscar Vela Descalzo

